Entregué mi alma envuelta en fe y hasta Dios sabe que la fe no es asunto lógico en los días que corren...
El dolor es grande, sólo eso queda cuando el amor que se regala es devuelto después de ser pisado, utilizado, razgado por las manos del egoísta.
En un corazón roto, ocurre el desastre en proporciones épicas... ¿llegará la reconstrucción?
Camino por el mundo sin olvidar la finitud que lo envuelve todo y no es que lleve al miedo rabioso mordiéndome la pierna, la muerte ocurre con la vida, es un baile constante que nos llena de urgencia y es a partir de la urgencia que se vuelve primordial la construcción de la historia personal cercana a lo que realmente importa.
La inminencia de la muerte trae emergencia para encontrar el amor; ése amor que lo puede todo, el que no se queda huérfano llorando en un rincón porque no puede darse, porque no encuentra una mano que lo tome y le de nombre y sentido, ése amor que va más allá de la boca besada, del cuerpo sublimado o las flores asesinadas trocadas en mensaje, la vida es la pre-muerte que obliga a la reacción, a la mirada del ahora.
De las estrellas
bien debiéramos sacar
la maestría
de trepar el infinito
cada día
con pesares y sin ellos
Y esa forma de brillar
sin descanso
aún estando
mirando siempre al precipicio
De esos seres de limbo
mas valdría aprender
que de los vacíos
nacerá nuestro espacio
¿Cómo reducir al mundo a un tamaño que no resulte tan abrumador? Gente va y viene, caras sin nombre, sin historia, sin sentido para nuestro sentido, espaldas con cargas inimaginables, con historias impensables, tan iguales y tan distintas... a veces algunos se paran frente a nuestra ruta y nos tocan y se quedan y después desaparecen... supongo entonces que la valía de una pareja radica precisamente en la reducción del mundo, es lo que nos permite tragarlo, asimilarlo,mirar nuestro reflejo en otro, nos permite dejar de estar infinitamente solos, en éste inmenso mar de gente sin nombre, sin historia, sin nada afín a nosotros; más allá del código postal de éste planeta...